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Enviat per adm el dj, 14/06/2007 - 10:48.

Biotecnología y alimentación
Cena-Coloquio 163, Barcelona (España), mayo 2005

Por Esther Sánchez-Bell, Profesora de la Escuela Superior de Agricultura de Barcelona

Me gustaría empezar explicando que mi experiencia en el tema de las nuevas biotecnologías proviene tanto de mi formación permanente ligada a la investigación y la docencia, como de la experiencia que he acumulado durante muchos años de docencia en la asignatura de Agricultura y Sociedad. Ha sido aquí donde he podido comprender la actitud de los estudiantes sin conocimientos del tema, pero con posicionamientos y opiniones que representan el sentido de la mayoría de la sociedad.

Las nuevas biotecnologías

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en 1982, definió la biotecnología como «la aplicación de organismos, sistemas y procesos biológicos en la producción de bienes y servicios en beneficio del hombre».

Biotecnología es cualquier técnica que utiliza organismos vivos para hacer o modificar un producto, para mejorar plantas o animales, o para desarrollar microorganismos para usos específicos. Por lo tanto, la biotecnología no es nueva: la propia agricultura, la ganadería, las fermentaciones para hacer vinos, pan, embutidos, encurtidos, etc., existen desde hace más de 5.000 años, así como la mejora genética por selección natural y artificial. La diferencia entre la tecnología hecha hasta ahora y la actual es que se conoce desde la base misma de la expresión de los caracteres, y puede implicar la transformación a nivel celular o molecular (intervención sobre el material de soporte hereditario: DNA).

Por eso, la misma OCDE subdividió las biotecnologías indicando que las nuevas biotecnologías, eran aquellas «en las que se obtienen o aplican organismos modificados genéticamente». Así, fabricar pan con levadura tradicional es una biotecnología mientras que hacer pan con una levadura modificada genéticamente pasa a ser una nueva biotecnología. Las nuevas biotecnologías vegetales incluyen técnicas variadas según la legislación de cada país, pero todas incluyen la llamada tecnología del DNA recombinante (o ingeniería genética) que permite, a diferencia de la mejora clásica, poderse saltar las barreras de la incompatibilidad genética específica (entre especies muy diferentes).

Normativamente (Directiva 2001/18 vigente desde el 17 de octubre de 2002), un OGM o OMG (Organismo Genéticamente Modificado) es aquel en el cual se ha modificado su información genética a través de la ingeniería genética u otras técnicas que, por ellas mismas o en conjunto, no se podrían dar completamente de forma natural o espontánea. A efectos prácticos, es posible sacar cualquier gen de un organismo (el hombre, por ejemplo) y transferirlo a cualquier otro (una bacteria, por ejemplo). Si es este el caso, se trata de un OGM transgénico. Pero también podemos cambiar de lugar un gen o introducir un gen de una misma especie y obtener un OGM, pero no transgénico. Se está proponiendo últimamente una nueva terminología para acotar mejor el grado de desnivel evolutivo entre el donador y el huésped del gen: intragénico dentro del mismo genoma; famigénico, dentro de la familia; linegénico, entre especies no emparentadas, y xenogénico, si el gen proviene de síntesis en el laboratorio.

Los resultados más visibles de las nuevas biotecnologías

Aunque a nivel experimental y especialmente en centros universitarios y de investigación públicos se está trabajando actualmente para conseguir varios objetivos, lo cierto es que las aplicaciones finales más conocidas son sólo dos casos de OGM: el trigo resistente a insectos barrinadores (Bt) y la soja tolerante al herbicida glifosato.

Pero están en camino muchas otras aplicaciones, como la reducción de inputs agrícolas y costes (mayor capacidad de los vegetales para incorporar nutrientes; mayor tolerancia a estreses bióticos y abióticos, menor sensibilidad a plagas y enfermedades, sequedad, salinidad, etc.); así mismo, también se puede conseguir más calidad de productos agroalimentarios para obtener alimentos no deficitarios (como el maíz con más lisina o cereales con más proteína), con menor cantidad de sustancias nocivas para la salud o para usos específicos, como aceites más ricos en ácidos grasos poliinsaturados, etc. Finalmente, la vacunación oral a través de alimentos modificados genéticamente para evitar depender de la cadena de frío (especialmente en países pobres) puede ser otra de estas aplicaciones.

Para la mayoría de la ciudadanía es desconocido que actualmente más del 96 % de las enzimas utilizadas en industrias agroalimentarias provienen de OGM (por ejemplo, la amilosa con la cual se mejora la masa de panificación para fabricar pan y pastas; células y pectinazas para optimizar la extracción y clarificación de zumos de fruta; amilosa y glucosa-isomeraza para obtener fructosa a partir del almidón y que hoy en día es el 50 % del azúcar de los refrescos de cola más habituales. También aromas y acentuadores del sabor, como glutamat, nucleótidos y aminoácidos como la lisina se obtienen a partir de OGM. En el Reino Unido se utiliza desde hace más de diez años quall para hacer queso, obtenido por OGM (esto, por cierto, fue muy aplaudido por los vegetarianos, ya que así este queso no contiene quall que proviene del estómago de rumiantes.

¿Las nuevas biotecnologías son como las otras tecnologías?

Una tecnología es una ciencia aplicada, y así la tecnología utiliza los conocimientos aportados por la teoría científica para su utilización práctica.

La ciencia es una empresa del conocimiento que juzga desde dentro, por parte de la colectividad científica, examinando el proceso de indiferencia (lógica formal), o desde fuera, para los demás, que juzga la ciencia en función de sus consecuencias. Si bien se dice que la ciencia no puede ser juzgada con interferencias psíquicas (emociones de los científicos o sociales, ideología del científico o de los demás), la valoración, sin embargo, puede hacerse para los distintos usos de las tecnologías, que pueden ser buenos o malos. Desgraciadamente, la responsabilidad que algunos seres humanos deberían asumir por el uso negativo de una tecnología se convierte a menudo en culpabilidad de la tecnología misma.

Responsabilizar a la tecnología por sus efectos malos es lo que ha generado una percepción pública negativa de la tecnología y, en la medida que la tecnología es ciencia aplicada, esta percepción pública negativa está afectando a la ciencia en general, de forma que la ciencia está perdiendo sus raíces socialmente, está dejando de ser vista como un motor del progreso social y está pasando a percibirse como fuente de catástrofes.

La biotecnología en general, al tratar con seres vivos y poder llegar a la alimentación, no se percibe igual que la electrónica, por ejemplo.

Después de la Segunda Guerra Mundial y la demostración del poder destructivo de la energía nuclear, a nadie se le ocurriría anunciar un agua, como hacía Imperial Vichy a principio del siglo xx, con el reclamo de «radioactiva»; pero es que, en general, la predisposición de la población mundial a finales del siglo xix y principios del xx, ante los avances tecnológicos y el progreso que condujeron a la expansión de las Exposiciones Universales, ha cambiado mucho. Quizá los alimentos transgénicos han sufrido un rechazo similar al que sufrieron otros alimentos en su momento. Los tomates llevados a Europa después del descubrimiento de América, aunque los botánicos y exploradores afirmaban que no eran tóxicos, no se consumieron de forma generalizada hasta finales del siglo xviii, ya que la población los asociaba con frutos tóxicos autóctonos.

Efectivamente, el Eurobarómetro ha detectado siempre una valoración diferente de las nuevas biotecnologías en función de su aplicación. Así, la población valora negativamente consumir plantas modificadas genéticamente, pero no que la ingeniería genética se utilice para tratamiento de enfermedades hereditarias o para la producción de medicamentos. Así pues, ha proliferado la aprensión a los llamados transgénicos, refiriéndose casi exclusivamente a las plantas que después son consumidas.

Evaluación de tecnologías: ¿quién tiene algo que decir?

La evaluación de las tecnologías es un conjunto de métodos que permiten identificar y analizar los impactos de una tecnología, valorarlos y hacer recomendaciones que posibiliten reducir o eliminar los efectos negativos. El modelo de evaluación se basa en conocimiento de expertos. La situación actual, sin embargo, es que la percepción y la evaluación social de los riesgos tecnológicos difieren significativamente de la aproximación hecha por los expertos, que a la vez no disponen de mecanismos para influir en la opinión pública ni en las actitudes sociales ante el uso de determinadas tecnologías. Por otra parte, se hace sentir un movimiento de desconfianza hacia los estudios científicos de expertos. Dicho de otra forma, una tecnología no sólo debe ser técnicamente factible, sino que debe ser socialmente viable. Científicos y tecnólogos, agentes económicos y administradores públicos, por lo tanto, tienen que ganarse la confianza ciudadana. En este sentido, es necesario destacar la decisión del gobierno sud-africano de segregar las funciones de valoración y manejo de riesgos asociados a OMG, con la incorporación de parte del Scientific Advisory Committee de la elaboración de los informes de evaluación y, por parte de la Executive Council, de la formulación final para el manejo del riesgo a nivel gubernamental, según destaca el Report 26028 del Departamento de Agricultura y Desarrollo Rural del Banco Mundial.

La opinión de los científicos, sin embargo, no ha sido la única que no ha conseguido influir en la sociedad, especialmente la europea (sí en Japón, en Canadá, en los Estados Unidos o en Australia). Diferentes organizaciones y agencias han expresado claramente su opinión, y aun así no ha llegado a todo el mundo.

Los referentes como la Iglesia –en otros tiempos influyentes– tampoco parecen ser escuchados. Así, recientemente, en un forum desarrollado en la Universidad de la Santa Cruz en Roma, la Iglesia católica manifestó a través del Obispo Elio Sgreccia «no tener ningún impedimento para el desarrollo y la utilización de las nuevas biotecnologías animal y vegetal, ya que pueden ser beneficiosas para el hombre, asumiendo la responsabilidad que tiene éste para gobernar la creación».

En el Human Development Report de las Naciones Unidas (2001), se recogen las aportaciones de organismos como la UNESCO, FAO, UNEP (Programa Ambiental de las NU) donde el grito unánime es que las nuevas biotecnologías son un importante elemento para el avance socioeconómico de los países, especialmente de los que se encuentran en vías de desarrollo (obtención de biofuel, bioplásticos, fármacos, cultivos más adaptados, etc.), enfatizando la evidente necesidad de regular e informar de forma transparente sobre los riesgos medioambientales de cada OMG liberado.

En el último African Regional Workshop (16-18 de enero de 2002), las intervenciones de distintos países, como el Irán, por poner un ejemplo extremo, apuntaban a poner en manifiesto el importante esfuerzo que está haciendo su gobierno en investigación y desarrollo en OMG, ya que no hay aportación económica privada en el país. Esta investigación, pues, se mueve de forma independiente de los focos de interés de las grandes empresas de los países ricos.

La Organización Mundial para la Salud (OMS) ha indicado claramente que los alimentos genéticamente modificados son seguros; han pasado evaluaciones de riesgo y no es probable que presenten riesgos para la salud humana, diferentes de los alimentos convencionales. Además, no se han observado efectos sobre la salud como resultado del consumo de alimentos modificados genéticamente en los países autorizados desde hace 10 años, como los Estados Unidos.

Por poner un ejemplo cercano y reciente, en el año 2004, la Organización de Consumidores y Usuarios se manifestó en absoluto desacuerdo con la OMS y aplaudió la información a nivel de etiquetaje aprobada en Europa para que sea el consumidor quien, en caso de atender a otros factores diferentes de los científicos, pueda decidir si consumirlos o no. La Agencia Española de la Seguridad Alimenticia (AESA) añadía, para transmitir seguridad a los consumidores, que los alimentos derivados de OMG se controlan tanto como los productos farmacéuticos.

Pero, a pesar de estas aportaciones hechas desde múltiples puntos de vista, Europa parece manifestar su rechazo. El hecho es que no hay evidencias científicas que justifiquen un rechazo a esta tecnología y las principales agencias y organizaciones mundiales no cuestionan en absoluto su utilización, sino que trabajan en estos momentos para solucionar elementos a menudo puntuales de cada país: financiamiento, transparencia, acceso a la información, transferencia tecnológica, etc.

Tratando de esquematizar la situación actual en Europa, hay algunos elementos que parecen explicar el posicionamiento individual y subjetivo de cada ciudadano, que no son elementos totalmente independientes, y que interaccionan y toman un peso variable según cada persona:

• El grado de conocimiento: el Eurobarómetro detecta la relación entre el grado de aceptación de los alimentos modificados genéticamente y el nivel de conocimiento.

• Razones ideológicas, éticas, religiosas o morales. Aquel que decide no consumir alimentos modificados genéticamente no admite discusión. Actualmente, se está creando una corriente de opinión promovida por grupos ecologistas y agroecológicos que asocian el agroecologismo y la sostenibilidad con el rechazo de la manipulación genética.

• Los riesgos asociados a cualquier actividad humana no son percibidos de igual forma por todo el mundo y para cualquier aplicación. En general, se asumen bien los riesgos asociados al campo médico, pero se exigen riesgos nulos en el campo alimentario.

• La confianza. Puede parecer, a estas alturas, difícil de explicar la aprensión de muchos ciudadanos a unos alimentos, a pesar del soporte que reciben por parte de grupos expertos, religiosos o la misma OMS, pero precisamente quizá es porque esta información no llega a los medios de comunicación de masas, igual que las vistosas y arriesgadas campañas de grupos detractores. Querría poner como ejemplo de experiencia poco habitual el referéndum que celebró el estado de Oregon sobre el etiquetaje de los alimentos modificados genéticamente. El resultado fue de un 72 % de la población en contra del etiquetaje, después de una campaña en la que participaron diferentes organismos gubernamentales, asociaciones de consumidores, empresas transformadoras de alimentos, etc., en la que se informó a la población de los controles a los que están sometidos estos productos, costos indirectos del etiquetaje, etc. Parece que, incluso, participó un famoso cantante a favor del etiquetaje, pero no transmitió suficiente confianza. En un encuentro científico de la Federación Europea de Biotecnología, celebrada en Madrid en el año 2002, un invitado americano mostró su más absoluta sorpresa por el nivel de confianza y credibilidad que otorgan los europeos a una organización como Greenpeace. En cambio, la rueda de prensa realizada el 18 de abril de 2004 en la cual el Sr. J.L. Arranz, jefe de gabinete de la Agencia Española de Seguridad Alimenticia, afirmó que los alimentos derivados de una actividad biotecnológica son seguros y se controlan de forma parecida a los productos farmacéuticos, ha trascendido muy poco.

• Otros elementos más dispersos son el cambio de milenio, un poco pesimista ante las aplicaciones belicistas de muchas tecnologías y una vieja Europa que no considera la agricultura como una actividad económica más, sino con apreciaciones sociales, históricas, culturales e incluso familiares.

Resumidamente, en la conciencia del ciudadano medio europeo, afloran un gran respeto por la alimentación y el sector agroalimentario en general («con la comida no se juega»), de forma que las nuevas biotecnologías son tratadas con más respeto que cualquier otra tecnología, porque trabaja con seres vivos, pero especialmente con plantas y animales que acaban en nuestros estómagos. El ciudadano pide más información, pero especialmente confianza por parte de agentes que transmitan más que la información incomprensible de cómo se obtiene un organismo modificado genéticamente. El ciudadano pide una opinión razonadamente clara.