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¿Sobran las masas?
Por Lourdes Flavià Forcada, antropóloga, mayo 1994
Más de 650 niños y adolescentes han sido asesinados en RÃo de Janeiro durante 1993. Esto significa un aumento del 50% respecto al año anterior en las muertes violentas de menores, según un informe divulgado por el Centro de Articulación de Poblaciones Marginalizadas (CEAP).
Noticias similares han ido apareciendo en la prensa de un tiempo a esta parte. Al principio, ocupaban un lugar importante de los rotativos. Progresivamente han ido como "diluyéndose". No es que no se sigan asesinando niños y adolescentes de la calle, junto a otros sectores de la población, sólo que ya casi han dejado de ser noticia. Ahora ocupan apenas una pequeña columna que fácilmente puede pasar desapercibida.
¿Por qué se mata a los niños? ¿Quién promueve su muerte y la de tantos otros seres humanos?
Hechos desgarradores de guerras, hambrunas, abortos, drogas, y un largo etcétera invaden nuestro mundo. Pareciera que lo pronosticado ya en el año 1983 por el eminente profesor Dr. Alfredo Rubio se está cumpliendo. Él señaló que en la nueva economÃa las masas ya no serÃan necesarias ni como fuerza de trabajo ni como consumidoras, es decir, no servirÃan para nada. Recordó, asimismo, lo dicho por el Sr. McNamara en los tiempos en que fuera presidente del Banco Mundial: «Un marginado, que no produce ni consume y que encima hay que sostenerlo en sus necesidades mÃnimas, sobra en una sociedad de economÃa de mercado.»
En una escena de la pelÃcula "El rey pescador", el vagabundo urbano Jack Lucas (interpretado por Robin Williams) se lamenta a su amigo periodista: «Somos la masa prescindible. Nos empujan a los trenes, nos dan pastillas para morir...» Palabras surgidas ciertamente del universo de lo ficticio señalando, sin embargo, una verdad del mundo real. Pero salgámonos del ámbito del celuloide y sentémonos por unos instantes en la mesa de negociaciones establecida en Ginebra para buscar vÃas de solución al conflicto de la ex-Yugoslavia. Durante una de las sesiones, el lÃder serbio Milosevic declaró: «Estamos ya en el umbral de la solución final; cuanto queda pendiente es simple cuestión de masas.» Esta "cuestión de masas" obviamente no es tan simple, cuando lo que está en juego es la vida humana.
Por su parte, el reciente diagnóstico dado por Alvin y Heidi Toffler acerca de la separación del mundo en tres bloques, los estados de la Primera, de la Segunda y de la Tercera Ola, muestra las fuertes conexiones e interrelaciones entre las élites que conforman la Tercera Ola, dueños de las más sofisticadas tecnologÃas de vanguardia, manejando la economÃa de la información. Éstos se cuestionan: «¿Por qué cargarnos con un ejército de malnutridos iletrados, cuando nuestras fábricas y oficinas pudieran necesitar menos trabajadores y más capacitados en el futuro, al avanzar la Tercera Ola?»
Esas élites están en mayor contacto entre ellas, aun siendo de distintas partes del globo, que con los que conforman la Primera y Segunda Ola de su propio paÃs. Lo que es coincidente con lo manifestado por el historiador Marc Ferro, director de l'École des Hautes Études en Sciences Sociales de ParÃs, en su reciente visita a Chile. Ferro indicó que actualmente ya no se puede hablar de paÃses del centro y paÃses de la periferia. En cada paÃs hay centro y hay periferia, y la distancia entre los que forman parte de uno y otro sector es cada vez más abismal. Se podrÃa decir, por tanto, que una parte de la población norteamericana, de la población europea, latinoamericana, asiática e incluso africana, forman el centro. El resto, las masas, son la periferia.
Ante un horizonte tan borrascoso y deshumanizado, no podemos perder el tiempo. Es indispensable recuperar aquellos valores que constituyen a los seres humanos como seres libres, inteligentes y capaces de amar. Hay que educar para la paz. Aprender a ver en cada hombre, en cada mujer, a alguien digno de ser respetado, de ser amado. No olvidemos que los seres humanos, por el mero hecho de existir, tenemos una relación fundamental: ser hermanos en la existencia. Abrirse a esa fraternidad básica es indispensable para el buen ejercicio de la solidaridad.
Cada persona es en sà una montaña de existencia. Esto es lo esencial. Los demás aspectos, su raza, su nacionalidad, su pertenencia a una determinada cultura o clase social, etc., son cosas accidentales. Son como minúsculos guijarros de arena y no podemos anteponerlos a la majestuosidad de la montaña. La gran riqueza de la familia humana es que, dentro de la inmensa pluralidad, todos sus miembros son iguales en dignidad. Y el gran reto es forjar una convivencia que parta de esa obvia verdad. No podemos permitir que la tesis nietzscheniana gane terreno.
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