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La felicidad básica
Leticia Soberón Mainero y Mª Dolores Cabrera, Febrero 1988
La persona humana parece ser en general una buscadora infatigable de la felicidad. Quizá no haya unanimidad en el objeto de esa felicidad. Algunos incluso han llegado a valorar el no acabarla de alcanzar como motor y guÃa de progreso.
Ansiando ser feliz el ser humano, y estando preparado para ello de mil maneras, parece también que a veces se empeñara en distanciarse de esta felicidad posible y pusiera obstáculos para no lograrla.
¿No será que se busca la felicidad sobre todo en la satisfacción de lograr cosas exteriores a nosotros mismos? Queremos transformar lo que nos rodea, cosa con frecuencia ardua y que nos lleva a ese desbocado afán de "tener".
¿No será bueno volver los ojos sobre la propia persona? Hemos de tener una comprensión adecuada de uno mismo, libre de prejuicios culturales y de todo tipo. A menudo nos creemos más de lo que realmente somos. Somos seres meramente contingentes. En cambio, "hinchamos" nuestras necesidades, derechos, deseos o proyectos y expectativas. Nos hacemos insaciables por esta falta de "humildad óntica" (aceptar con gozo lo que realmente somos, meros seres humanos).
Se trabaja tenazmente para satisfacer las dislocadas esperanzas de ese "ser que uno no es", las cuales, como es natural, son inalcanzables. Se queda uno insatisfecho, cansado y siempre frustrado. Y también triste del gasto de energÃas y tiempo que se han dilapidado. Se cree uno, además, traicionado por todos, y se siente amargado. ¡Es más difÃcil ser quien no soy que ser quien soy! El posible progreso de las ciencias y de la sociedad alcanzado de ese modo, lejos de ser positivo, conducirá al mal uso de los mismos descubrimientos e inventos que se hicieron.
Hay una cuestión muy importante.
Antes de ser engendrados, no éramos. Más aún, podrÃamos no haber existido nunca; bastaba, por ejemplo, que nuestros padres no se hubiesen conocido. Antes de ser, por tanto, no podÃamos tener "hambre de existir". (Los existencialistas hablan de la angustia ante el tener que dejar de ser. Nosotros hablamos, por el contrario, de la alegre desangustia de sentir que somos cuando lo más probable era que hubiéramos podido no ser.)
Nos encontramos ahora, en cambio, "siendo", y con la alegrÃa de existir que nos viene sobre todo de ver que podrÃamos no haber sido.
Si entendemos, además, que mi única posibilidad de existir es "ser quien soy" -y con mi manera genética de ser- (de otros padres o de otros momentos nacen otros hijos, pero no yo), aquella alegrÃa y esta evidencia nos llevan a la aceptación gozosa de mà mismo incluso con todas mis limitaciones; también de la máxima limitación que es la muerte, ya que los seres de este mundo que no morirÃan son, precisamente, los que no han llegado a existir. "¿He de morir?, ¿sÃ?, ¡luego existo!".
AsÃ, estamos colmados de antemano de la felicidad más básica: la alegrÃa de ser, esperanza real de alcanzar lo realmente posible por añadidura, con nuestro sensato esfuerzo en un mundo también real y también limitado.
Si aceptamos y apreciamos con gozo la contingencia de nuestro existir, tendremos abierta la mayor fuente de felicidad, pues saborearemos la posesión del bien mayor y primigenio, el existir mismo que podrÃamos no haber tenido y que seguiremos teniendo mientras existamos, como lo que somos, seres contingentes.
Además, es un bien solidario y común a todos los que nos ha tocado la "carambola cósmica" de la existencia, como lo define A. Deulofeu. |
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