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Enviat per adm el dl, 25/06/2007 - 15:33.


Àmbit Maria Corral

Una muerte digna
Jaime Aymar Ragolta,Historiador, Abril 1991

El derecho a morir con dignidad parece ir adquiriendo cada vez más su estatuto en nuestra sensibilidad contemporánea. A pesar de verse aún repetidamente conculcado, son cada vez más quienes lo afirman como aspecto insoslayable de todo ser humano. Sin embargo, conviene profundizar en su exacta significación y hacerlo desde una reflexión filosófica que tenga en cuenta las aportaciones de la ciencia.

Aunque los avances científicos hayan conseguido alargar notablemente las esperanzas de vida del promedio de la población, ello no obstante, es un hecho aún evidente que todo ser existente es mortal. Podríamos decir que sólo aquellos que no existen, los personajes de ficción, no mueren. Tal constatación, por otra parte evidente, de nuestra finitud radical, no debe ser menospreciada ni olvidada si queremos tener firmemente las riendas de nuestra vida.

Además, el gozo de vivir tiene su correlato en el gozo de morir. El ser humano no sería coherente si dijera que se alegra de vivir y no se alegrase igualmente de morir, porque precisamente cifra su gozo en una existencia que es mortal.

La muerte, además, constituye la prueba más fehaciente de que un día no éramos, que empezamos a ser y que estamos siendo. Si una minucia pudo dar al traste nuestro engendramiento, también una minucia puede poner fin a nuestros días.

Ciertamente esta aceptación no es fácil. Incluso si uno puede llegar a aceptar con gozo el hecho de ser mortal (porque o es así o no es), lo que más puede costarle es aceptar la muerte de sus seres queridos aunque esa aceptación fluya coherentemente de la primera.

A la luz de tales postulados, el derecho a morir con dignidad no se restringe a evitar sufrimientos innecesarios o a mantener la calidad de vida del enfermo terminal. Podríamos decir que incluso va más allá de la dignidad que comporta morir en brazos de los seres que uno ama, en la propia casa y no en la soledad de un hospital. Todo ello son condiciones apetecibles que favorecen el ejercicio de este derecho, pero no pueden hacernos olvidar una dimensión más honda y radical: la dignidad de morir comporta la dignidad con que uno asuma la propia muerte. Es un proceso pedagógico en el que se da una interiorización gradual de dicha finitud, para asumirla sin acritud ni desespero.

Recuerdo una obra ya antigua de Ricardo Ruiz Carnero que llevaba por título "Cómo murieron los personajes célebres". Era una panorámica ilustrativa de los últimos reyes y políticos, y de literatos de todos los tiempos. A mi juicio, había en aquella obra una intuición notable. No se trataba tan sólo de presentar la muerte de los famosos, sino de reflejar la actitud con que la afrontaban.

Del mismo modo que distinguimos entre una libertad externa y una libertad interna, podemos también distinguir entre una dignidad exterior y otra interior.

Quien muera en la trinchera o en accidente de tráfico no podrá ejercer el derecho a morir externamente con dignidad. ¡Ojalá también los accidentados, al morir, puedan hacerlo con la dignidad interior de saberse seres finitos!