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Siglo XXI: La carrera por la velocidad Por Olga Cubides, periodista, julio 2007. En nuestro tiempo la velocidad es un valor en alza, promovido desde diferentes flancos sociales. Un ejemplo de ello son los trenes de alta velocidad que circulan por varios países del mundo y que, actualmente en España, se materializa en el Tren AVE (Alta Velocidad Española). Si bien es cierto que este tipo de proyectos ayudan a la vertebración territorial y a la comunicación dentro de un país, en el fondo mucha gente se pregunta ¿para qué queremos tanta velocidad? Quizás puede llegar a ser una velocidad sin rumbo que convierte la vida cotidiana de las personas en una carrera no se sabe muy bien hacia dónde. A veces el ser humano no acepta suficientemente sus propios límites, uno de ellos el de la velocidad, y parece que intentara subsanar este déficit construyendo máquinas: aviones supersónicos como el Concorde, redes de alta velocidad y de "banda ancha", naves espaciales que pronto nos lleven a colonizar la luna y otros planetas, sin contar con la amenaza de una aceleración incontrolada de las economías de los países ricos, como aseguraba la OCDE en un informe del año 2000. Este nuevo siglo parece ser el de la velocidad, el del vértigo. Hay más ejemplos de nuestro mundo cotidiano: la velocidad para consumir. ¿Cómo explicar los tumultos de gente que se forman a la entrada de las tiendas en los días de rebajas?, o ¿las nubes de personas que durante las fiestas de Navidad abarrotan las tiendas? Por otra parte, es permanente la petición de una red de Internet más rápida que nos permita enviar y recibir más mensajes de correo electrónico y nos abra la posibilidad de tener más y más información. Pero, ¿para qué esta información?, ¿sabemos qué queremos hacer con ella? ¿Podemos asimilar todos los datos que entran y se mueven día a día en el mundo virtual? Se habla de tener comunicaciones online y sin límite de capacidad, lo que nos lleva al imperativo de la inmediatez, del “ahora”. Responder al móvil y conducir es uno de los ejemplos más claros: nadie puede esperar. Pero resulta que hasta hace diez años no se podía movilizar el teléfono, así que muchas veces se debía esperar. Pero además se exige velocidad a los trabajadores, para que aumente la producción y la riqueza; a los políticos en el resultado de su gestión, a los niños en el aprendizaje y a los adolescentes para que cuanto antes se conviertan en adultos "responsables". En una sociedad superocupada, una de las sentencias más comunes es «hay que ir rápido». Incluso los niños desde muy pequeños deben ir rápido a la guardería, al colegio y a las diversas actividades de sus «prematuras y apretadas agendas». En medio de tanta carrera no estaría de más detenerse y preguntarse por el sentido de nuestras acciones cotidianas. Pensar de dónde viene esta inquietud por la rapidez, por la inmediatez, por esta supuesta necesidad de seguridad encasillada en aparatos que nos entregan más información. La inmediatez, muchas veces, atenta contra la claridad y la calidez de una comunicación constructiva, humanizadora y de acercamiento. Quizás nos haga falta un respiro para contemplar, para admirar... para sorprendernos de nuestra propia existencia y de la de quienes nos rodean. |
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