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La necesaria solidaridad entre géneros
Por Olga Cubides Martínez, periodista, octubre 2007

No hace muchos años -aunque parezca lo contrario-, la mujer podía ser «reprendida» por su esposo o necesitaba su autorización explícita para sacar dinero del banco o para salir del país. Ni siquiera tenía documento de identidad ni pasaporte propio, no tenía derecho a voto y legalmente los hijos «eran» de su marido... Por suerte, aunque no al mismo ritmo en todos los países, las cosas han ido cambiando y las mujeres de hoy, con derecho a voto y a participación política, quizás estén motivadas, aunque no satisfechas, con los avances que se han logrado durante el siglo XX.

A pesar de que la mujer, especialmente en los países con mayor desarrollo económico, ha ganado en autonomía, en igualdad y en reconocimiento de sus derechos, el informe de la Unicef sobre el Estado Mundial de la infancia 2007, titulado La mujer y la infancia. El doble dividendo de la igualdad de género, asegura que «A pesar del compromiso de la comunidad internacional hacia la igualdad entre los géneros, las vidas de millones de mujeres y niñas en todo el mundo siguen estando sometidas a la discriminación, la falta de autonomía y la pobreza.»

Y, más adelante, afirma que «Las mujeres y las niñas están desproporcionadamente afectadas por la pandemia del SIDA. A muchas niñas se les obliga a contraer matrimonio a una edad temprana, algunas antes de cumplir 15 años. Las cifras sobre la mortalidad derivada de la maternidad siguen siendo increíblemente elevadas en muchos países. En la mayoría de los lugares, las mujeres ganan menos que los hombres por el mismo tipo de trabajo. En todo el mundo, millones de mujeres y niñas sufren a causa de la violencia física y sexual, sin casi recursos para obtener justicia y protección.»

Aunque se insiste en la necesidad de fortalecer políticas que favorezcan a la mujer y en avanzar en las legislaciones, no es muy seguro que sólo con leyes se garantice mayor participación. Más importante que las decisiones políticas siguen siendo la conciencia intrafamiliar y la consolidación de una cultura democrática, en la que no resulte nada extraordinario que la mujer participe en política de forma igualitaria, como ya sucede en países nórdicos como Islandia, Suecia, Dinamarca y Finlandia, en los que casi el 40% del parlamento está compuesto por mujeres.

La realidad de la mujer -o de muchas mujeres- se contrapone a las afirmaciones científicas que sitúan a la mujer como arquetipo de lo humano. Aseguran que el sexo femenino es algo así como la esencia del ser humano –por ser condición sexual básica o primaria–; que aporta la mitad de los cromosomas de un nuevo ser y que su óvulo aporta gran parte de las sustancias necesarias para el desarrollo del feto que, obviamente, el espermatozoide no tiene.

Según Hugo Liaño, neurólogo español y autor del libro Cerebro de hombre, cerebro de mujer, «el organismo femenino, desde el punto de vista físico, es un organismo completo». Por su parte, una investigación de la University of Pennsylvania Medical Center asegura que «las mujeres tienen un mayor porcentaje de tejido dedicado a la computación, mientras que los hombres tienen una proporción mayor de tejido asignado a la transferencia de información. Es decir, a igualdad de volumen, el cerebro de la mujer es más inteligente, o al menos más eficiente que el de los hombres.»

Sin embargo, más que afirmaciones científicas o búsqueda de divergencias entre hombres y mujeres, lo que se requiere es la solidaridad entre géneros, la complementariedad en la diferencia y el ensamblaje de aquello bueno que cada uno tiene, que nos conduzcan hacia una sociedad más equitativa. Una sociedad en la que las mujeres puedan poner su feminidad y su particular talante al servicio de la humanización de la sociedad y de su papel fundamental de educación de los hijos, que cada vez comparte más con los hombres. La sociedad, a su vez, debería ofrecer la igualdad de oportunidades en el empleo, en el nivel salarial, en el derecho a la educación y en el respeto de su dignidad, a lo que, sin duda, la mujer tiene derecho.

 
© O. Cubides