La libertad, un placer de la vejez

Por: Sofía Gallego
Psicóloga y pedagoga
Barcelona, abril 2018
Foto: Pixabay

 Envejecer es una realidad, pero también es una satisfacción personal. Socialmente, el envejecimiento tiene muchas connotaciones peyorativas, pero las personas que hemos tenido la inmensa suerte de poder envejecer también encontramos que tenemos algunos placeres de los que poder gozar.

Placer, según el diccionario, es la viva satisfacción de los sentidos o del ánimo provocada por la posesión o por la idea de algo agradable y atractivo. Podemos sentir placer en la contemplación de un paisaje o de una obra de arte, o bien escuchando buena música o hablando con personas que nos son agradables. De hecho, cada uno puede sentir placer ante diversas y diferentes circunstancias. Pero hay algunos placeres que están en manos de la personas mayores de manera especial. Uno de estos placeres es la libertad.

Para las personas de una cierta edad y por las circunstancias políticas de nuestra juventud, la palabra libertad lleva implícito un cierto sesgo en su significado, pero no es a este tipo de libertad que podríamos llamar colectiva a la que quiero referirme. Quiero aludir a la libertad individual. Considerando que la libertad es un estado o condición de las personas que no están sujetas a un poder ajeno o a una autoridad arbitraria, o que no tienen obligaciones ni deberes, o seguir una determinada disciplina. Resulta palmario que la libertad absoluta es casi inexistente para jóvenes y mayores, pero también es verdad que en la vejez no existen tantos condicionantes como para las personas jóvenes y no tan jóvenes.

No querría continuar sin remarcar que me estoy refiriendo al llamado envejecimiento normativo, o sea, aquel proceso de envejecimiento donde no hay ninguna patología, ni física, ni mental, ni neurológica que pueda distorsionar el normal proceso de envejecimiento.

Una de las principales ventajas de hacerse mayor es que eres más dueño de tu tiempo. En la medida de tus posibilidades haces aquello que quieres hacer y cuando lo quieres hacer. Es poder expresarse libremente. Eso no quiere decir que tengamos licencia para ser maleducados o incívicos, pero sí que se acaban las prisas y las obligaciones, excepto aquellas que libremente nos hemos impuesto. Saberse dueño de nuestro tiempo es una sensación muy agradable y que permite gozar mucho de aquellas cosas que realmente queremos hacer, por la simple razón de que nos gusta hacerlas y cuando queremos hacerlas.

La edad nos permite pasar por encima de cualquier convención social a la que antes nos habíamos de someter para conseguir un trabajo o las obligaciones que a lo largo de la vida nos han definido y guiado. Este puede ser el período más auténtico de la existencia. La edad nos permite descubrir aquello que realmente tiene sentido para nosotros y que nos hace sentir bien.

Disponemos de nuestro tiempo, por lo tanto estamos dispuestos a ser libres. Si ante una situación escogemos aquello que realmente nos apetece, aunque puede ser difícil, estaremos alegres. Además, por el camino continuaremos madurando y evolucionando,  y haciendo felices a las personas de nuestro entorno. De otra forma, si nuestras elecciones están basadas en el miedo, estaremos agobiados y los límites de la imposibilidad vencerán. Pero no os preocupéis si os encontráis en esta situación; nunca es demasiado tarde para cambiar y empezar a decir NO a todo aquello que sea un obstáculo en nuestro camino.

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