Aranguren, un clamor constante por un estilo de vida ético

10a aranguren-200-amcPor Josep M. Forcada Casanovas
Presidente del Ámbito María Corral
Barcelona, España, octubre 2009
Foto: AMC

Este año celebramos el centenario del nacimiento del profesor José Luis López Aranguren, un pensador que se aventuraba a indagar en lo más profundo del misterio de la intelectualidad. Su abanico de capacidades de búsqueda, desde la filosofía, era inalcanzable; nada le dejaba indiferente. Desde su atalaya tan personal de la ética oteaba la lejanía de una humanidad nueva, necesariamente abierta a los valores. Creía en la persona con un estilo ético, como decía, el «talante ético», al cual afirmaba que estaba llamado a vivir el ser humano. Rompió con una moral estrecha, encarcelada en códigos, para llamar a vivir una moral encarnada en la persona como carácter ético, es decir, un talante, un estilo de ser.

Su figura, magra, sus ojos detrás de unos vidrios gruesos, sus cabellos grises, largos, descuidados, quizás como un recuerdo de sus casi diez años vividos en la universidad de Berkeley, en los Estados Unidos, después de un asunto político por el hecho de unirse en una protesta estudiantil a los alumnos de la Universidad de Madrid, en la que se reclamaba la libertad de asociación, en una época que sabía que se jugaba la cátedra debido a las represiones. Tuvo que dejar su universidad española para impregnarse de los nuevos movimientos estudiantiles norteamericanos. Sus cabellos, diría yo, mostraban la irónica crítica a los aburguesados intelectuales, invitaba a entrever, con una pintoresca sonrisa, la apertura intelectual.

Su profunda fuerza cristiana, por educación y formación en el mundo jesuítico, le hacía amar su iglesia, con un limpio espíritu crítico, y su fe, desde el nivel que lo situaba como cristiano heterodoxo. Valiente como nadie. Firme ante un mundo intelectual, no se avergonzaba de llamarse intelectual católico. Les explicaba la trans-ética desde el profundo conocimiento del Evangelio y del protestantismo, del cual daba tanto miedo hablar en los años cuarenta y cincuenta. Hace falta leer su obra Catolicismo y protestantismo como formas de existencia, o bien El protestantismo y la moral, o bien El catolicismo día tras día. Esta última obra la publicó en 1955, poco después de conseguir la Cátedra de Ética y Sociología en la Universidad de Madrid.

Era consciente de que el mundo de la cultura, a menudo tan atea, frivoliza mucho la trascendencia, pero él no tenía miedo de meterse, con juicio, con prestigio, con autoridad. Sabía que dejar de lado la cultura, la limpia y noble cultura, era una vergonzosa actitud. Sufría de que no hubiera pensadores que amaran esta actitud positiva. Claro está que entendía y proclamaba la dimensión social, tan ejemplar y tan testimonial desde la fe, pero él sabía explicar que la ética es el nervio de la sociología, de la política, de la convivencia.

Entendía que la cultura tenía que estar desnuda de soberbia, que impide el diálogo y niega retomar la profundización, el diálogo. Aranguren sabía gritar con fuerza que no tenemos derecho, creyentes y no creyentes, a hacer un silencio esterilizador del pensamiento. Por eso era crítico con una iglesia que se preocupaba de cosas que quizás no eran substanciales. La soberbia es un pecado intelectual que él no tuvo. Aguantó aguaceros de los cercanos y de los alejados de Dios. Quizás su serenidad y su prestigio ocasionaron miedo a muchos de un sector y del otro.

En un artículo que escribió en el primer número de la Revista de Occidente del año 1980, cuando hablaba de la ética de la penuria explicaba que «la moral siempre ha tenido una estrecha relación con la distribución de los bienes del mundo». Esta concepción de la ética es sintónica con unas palabras que dijo en un encuentro de intelectuales en Sitges, en el año 1981, y que Josep Maria Puigjaner recordaba en un artículo en La Vanguardia del día 30 de junio pasado, en el que decía que «una de las funciones que tienen los intelectuales es la de hacer propuestas políticas…». Él las hizo, pero también sociológicas, en las que después de estudiar a fondo las diferentes realidades, desde el capitalismo al marxismo, habla de un estado de justicia social que se diferencia del estado del bienestar y, desde luego, muy lejano de toda intervención totalitaria.

En varias ocasiones, en el Ámbito de Investigación y Difusión María Corral pudimos contar con sus aportaciones. Recuerdo que con ocasión de las primeras Jornadas sobre «Los niños, nueva irrupción social», en el año 1980, cuando nos proponíamos pensar y divisar un futuro próximo para los nuevos niños, él afirmaba que «no se puede hablar de moral sin hablar de psicología, ni de sociología. Por otra parte, la pedagogía, en buena parte, es una educación, una educación moral».

Ante la crítica que se puede hacer a la generación de mayo de 1968 y de todo el desencanto que comportó que muchos lucharan por «juvenizarse», tampoco –decía Aranguren– nosotros no nos podemos «puerilizar», es necesario «recuperar el niño que fuimos, sí, pero sin perder el adulto que somos e incluso el viejo que hemos llegado a ser». Con su fuerza expresiva y sin casi levantar su aguda voz, añadía que era «una época de empezar a hacer justicia a la denominada tercera edad».

En el mencionado artículo sobre la ética de la penuria –tan actual– que vuelve a una nueva pobreza, ante un mundo occidental de desenfreno y de derroche, el desabastecimiento supera la materialidad de los «recursos de qué se puede disponer»; vuelve, pues, una pobreza difícil de superar. Se pregunta si debemos pedir que la gente vuelva a una simple subsistencia basada en una moral de privación. Él propone que la alternativa actual no es: «frente al consumismo, la renuncia, sino una nueva moral del deseo, del gozo, del placer, sí, pero puestos en los bienes que están al alcance de todos, de la vida sencilla, moral, del hacer, de la necesidad, no sólo, según el proverbio, virtud, sino también virtú, calidad estética, no esteticista, es decir, una nueva “ética estética” según el estilo de vida postmoderno». En este artículo propone que frente a la vida intensa que se mueve entre los dos polos frenéticos del «negocio» y la «diversión», el «reposo» como posibilidad que el «pósito» de la vida «se vaya depositando en el fondo de nuestra alma».

¡Que próximo era el profesor Aranguren! Pausadamente, pero enérgico, cuando hacía falta serlo, te hacía una propuesta detrás de otra. Te daba lo que tenía: el saber de toda una vida pensando en la persona, es decir, la persona que puede ser éticamente mejor, la que vive un talante ético por excelencia.

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