La relatividad de los 120 segundos

5b la-relativitat-200-lecerclePor Marta Burguet Arfelis
Doctora en pedagogía
Barcelona, España, mayo 2009
Foto: Lecercle

En África dicen que los europeos tenemos el reloj y ellos tienen el tiempo. Probablemente, tras los próximos dos minutos estimados para la lectura de este artículo, a unos se les habrán hecho inmensamente eternos y otros tendrán la sensación de que acaban de empezar. Y no será una cuestión de reloj, porque para todos habrán transcurrido 120 segundos. Más bien dependerá de otros conceptos de tiempo –como el del mundo africano– que el término griego también comprende. En el mundo griego el tiempo comprendía, además del cronológico –khrónos-, el kairós y lainos -oportunidad e intensidad. Tal vez dependerá mucho la intensidad con qué vivamos este espacio.

Teniendo en cuenta el tiempo como valor en alza, sabemos ya de la existencia de los bancos de tiempo donde poder preservar y ahorrar este valor cada vez más preciado. Atrevido es aquel que afirma disponer de tiempo, porque todo un alud de propuestas para llenarlo le vendrán encima, y probablemente, además, se le pedirá actuar en consecuencia: es decir, actuar desde la serenidad y la paz que aporta el hecho de realizar las cosas con tiempo.

Por otra parte, partimos de la evidencia de que somos seres espaciotemporales. No existimos fuera de un espacio y de un tiempo que nos limitan. Por lo tanto, el tiempo es consustancial a nuestra existencia. Visto así, de tiempo, tenemos todo el que cabe entre el nacimiento y la muerte. Por lo tanto, entendido el tiempo como placer, es una cosa de la que podemos disfrutar toda la vida. ¿Qué hará que sea más o menos placentero este tiempo? Todo dependerá del uso que le demos. Quizás tendremos que repensar si la manera como decidimos llenar este tiempo nos da placer o no, nos es grato o no. Apela, por lo tanto, a una cuestión de uso de la libertad.

En la gestión del tiempo, no podemos olvidar un tiempo para comer y hacer la digestión: digerir los contenidos de lo que estamos leyendo, digerir la última conversación, digerir las experiencias fuertes de la vida. Tiempo de goce, placentero. El tiempo biológico que destinamos a la digestión es diferente para cada uno, tenemos ritmos biológicos diferentes. Mientras unos estamos todavía digiriendo el primer plato, quizás otros todavía no han acabado de digerir bien la cena de ayer… Me preguntaría si también hay un tiempo para digerir los sentimientos y las emociones, y si nos permitimos este tempus; si está en función de los ritmos emocionales diferentes, de la intensidad de los impactos recibidos, del aprendizaje…

La sabiduría popular ha reflejado desde siempre la preocupación por el tiempo. Calderón de la Barca lo expresa con esta elocuencia: «Afortunado es el hombre que tiene tiempo para esperar». Quizás desde esta elocuencia han surgido propuestas como las de las cittàslow –ciudades lentas- que proponen volver a las urbes sosegadas, con conciliación del tiempo laboral, familiar y para vivir con los conciudadanos, desarrollando este aprender a vivir juntos. No en vano Josep Plá describe muy bellamente, en su libro «El labrador y su mundo», como de labrador el tiempo no se vive de una manera tan fragmentaria como en la ciudad, dónde tendemos a hacer compartimentos estanco.

De este tiempo de pensar, de silencio, de pausa, de reflexión… es de dónde podrá surgir la paz en la actuación ciudadana. De la actuación inmediata se origina una respuesta agresiva que trae incluso a la guerra. En reuniones de los equipos de trabajo de algunos servicios municipales se pone sobre la mesa la disfunción del tiempo laboral y el tiempo social. Como consecuencia de ello surge la tentación de ofrecer servicios de urgencias de veinticuatro horas para atender constantemente las necesidades ciudadanas. Haría falta cuestionarnos: ¿son urgentes todas las necesidades humanas, o más bien las importantes distan de las urgentes?

Personalmente siempre me ha sido un buen referente en el uso del tiempo la anécdota del «Principito». Cuando le preguntan en qué emplearía el tiempo que podría ahorrarse de ir a la fuente a beber agua si consumiera una píldora de la sed, responde que lo invertiría en ir a la fuente a buscar agua.

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