Príncipes de humo

6c princeps-200-a-schlumpfPor Rodrigo Prieto
Master en psicología social
Barcelona, España, junio 2009
Foto: A. Schlumpf

«…te juro que esta vez no me equivoco. Acabo de conocer a mi príncipe azul. Lo encontré en el metro por casualidad. Alto, fuerte, elegante y viril… me flechó cuando le oí increpar a un tipo que intentaba robarme. Sólo bastó que dijera tres palabras con su vozarrón para que el tipo saliera corriendo por el andén. Después me tranquilizó y me dijo que estuviese más atenta con mis cosas. Todo ocurrió en cuestión de segundos. Luego volvió a su sitio -justo delante de mí-, me miró fijamente y me sonrió… ¡¡¡Me muero por verle otra vez!!!».

El texto es de una mujer de 32 años, licenciada y “viajada”, o sea, una persona con cierta formación, experiencia y criterio; sin embargo, sus palabras parecen de una adolescente. Es la fuerza del mito del príncipe azul, una imagen que racionalmente sabemos que no existe, pero que en la práctica muchas y muchos siguen esperando.

Tradicionalmente este mito se refiere a los príncipes de los cuentos de hadas como «La Cenicienta», «Blanca Nieves» o «La Bella durmiente», que suelen rescatar a sus doncellas de sus infelices vidas a través de peligrosas hazañas o mágicos besos. La versión femenina del mito podría ser la de la “mujer 10”; sin embargo no ha calado tan hondo en la cultura popular, como imagen de la “mujer perfecta”, ya que sólo se refiere al ideal físico de la mujer “soñada” por algunos hombres.

Según el profesor de literatura, Severino Calleja, el personaje nace con este nombre en «una leyenda rumana del siglo XIX llamada «El Príncipe Azul de la lágrima» y representa «…[la] construcción folclórica de un cúmulo de ideales en torno a un personaje que encarna el matrimonio, la boda entendida como final feliz, como recompensa» (http://es.wikipedia.org/wiki/Prí­ncipe_azul); sin embargo, el mito es de larga data. Ya en el siglo I aC. existían antecedentes de él en historias como la de Rhodopis, una esclava griega en Egipto que llegó a ser reina tras casarse con el Faraón Amasis (570-536 a.C) (http://www.ancientworlds.net/aw/Article/461904).

En términos generales el mito del príncipe azul condensa una serie de rasgos que representan la imagen ideal de hombre con quien una mujer quisiera tener una relación estable y formar una familia “para toda la vida”. Así, este “hombre perfecto” imaginario es seductor, fiel, generoso, ahorrativo, misterioso, confiable, poderoso, obediente, divertido, serio, romántico, práctico, rudo y sensible, entre otras características (en muchos casos contradictorias).

El Psicólogo Pablo Nachtigall afirma que la creencia en este mito puede ser considerada un síndrome (el Síndrome del Príncipe Azul), ya que constituye una distorsión grave de la realidad. Explica que si bien es sano aspirar a amar y ser amado por una persona, el origen de ese deseo puede marcar una importante diferencia: no es lo mismo desear una pareja estable, desde una actitud adulta, de conexión con uno mismo y con unas actividades y una vida social satisfactoria, que fundamentar este deseo en una vida insatisfecha, solitaria, carente e infantil. (http://www.palermonline.com.ar/multimedia/Osho/004_principe_azul.htm).

Nachtigall afirma que esta es una creencia irracional, ya que todas las personas tenemos cualidades y defectos (y -añadiríamos nosotros- éstos pueden ser considerados como una cosa u otra dependiendo de la situación en que se manifiesten y de quién las interprete). Reconocer y aceptar esta ambivalencia es parte de la necesaria madurez de una persona y pieza clave para relacionarnos armónicamente con quienes nos rodean.

El “cuento” del amor

El príncipe azul no es un personaje aislado, sino que “funciona” sólo en el contexto de un “cuento de hadas”, es decir, de un mundo imaginario habitado por seres fantásticos, mágicos e inexistentes… como el mismo príncipe. Este mundo imaginario es el del amor romántico; es decir, del amor entendido como sensación de mariposas en el estómago, atardeceres violetas, música de violines, arcoiris y felicidad perpetua. Hay que recordar que los cuentos de hadas fueron escritos para transmitir a un público infantil la moral de una época determinada (el Renacimiento), sin duda muy diferente de la que nos rige en la actualidad. Sólo así se explica el maniqueísmo de sus personajes, la magia como medio para resolver los problemas, la pasividad de los personajes femeninos y el heroísmo de los masculinos, entre otros rasgos.

En la actualidad una persona adulta y madura sabe (o debiera saber) que el amor no es sólo una ‘sensación’, sino que también requiere de mucha voluntad; también sabemos que los problemas no se resuelven “por arte de magia”, sino que debemos hacernos cargo de ellos, en la parte que nos toca y en la medida de nuestras posibilidades, capacidades y ganas; y por supuesto que los roles de género de hace 4 siglos no tienen ninguna relación con los actuales… sin embargo, es curioso constatar cómo en la actualidad casi nadie cree en las hadas, pero sí en los príncipes azules.

Existen versiones más actuales y sofisticadas de este mito, como las descritas por Luis López en su tesis «Un recorrido por el mito del príncipe azul». Entre ellas el «temerario romántico», el «artista inspirado y demente», el «rebelde sin causa» y el «drogadicto malo y sensible».

(http://criticaenconserva.blogspot.com/2009/02/el-mito-del-principe-azul-de-luis-lopez.html). Tanto en su versión original como en estas renovadas, la principal característica del príncipe azul es que constituye una representación parcial e idealizada de un hombre (o mujer) con el que a algunas personas les encantaría tener una relación duradera.

Por supuesto, ninguna de esas idealizaciones se fija en los defectos y manías de la persona supuestamente “perfecta”; tampoco tienen en cuenta que con el tiempo todos cambiamos (de ánimo, de cuerpo, de salud, de gustos, de deseos, de creencias, etc.); no consideran tampoco el entorno social (familiar, filial y profesional) del personaje idealizado, ni mucho menos se detienen en la influencia de los factores sociales (estrés, crisis, acoso, etc.) en su comportamiento.

Soñar con el mito del príncipe azul, es decir, con una imagen idealizada y parcial del otro es –como mínimo– iluso y sólo puede traernos una desilusión tras otra. Las relaciones duraderas se construyen poco a poco, sobre la base del conocimiento mutuo, el respeto, el diálogo, la aceptación y el cariño. Que sean o no “para toda la vida” es algo de lo que jamás podremos estar seguros.

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