Credos en diálogo

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Por Felipe Arango
Psicólogo
Barcelona, mayo 2010
Foto: Doxtvl

Más allá de sus efectos de cohesión social, una de las cualidades más importantes de un sentido espiritual y religioso compartido es que permite dotar de sentido la existencia individual, e imbricarla al desarrollo de la colectividad de la que forma parte.

A lo largo de la historia han existido múltiples tradiciones religiosas, algunas de las cuales han resistido el paso del tiempo y se han consolidado como fuertes referentes culturales. Tal como demuestran diversos estudios históricos y antropológicos, las relaciones entre unas y otras han dado pie a antagonismos, sincretismos e incluso síntesis de doctrinas, lo cual demuestra que en determinados momentos la humanidad ha aprendido a convivir con esta diversidad de creencias (aunque otras veces, también, ha ocasionado profundos conflictos).

Prueba histórica de la convivencia pacífica entre diversas tradiciones religiosas son, por ejemplo, el respeto del imperio romano por las creencias de los pueblos conquistados o el rico intercambio comercial, cultural y religioso de las rutas de la seda o la ancestral convivencia de judíos, cristianos y musulmanes en Jerusalén.

Actualmente, gracias a las tecnologías de la comunicación y a los crecientes flujos migratorios, las distintas doctrinas espirituales se han extendido (y lo siguen haciendo) por casi todo el planeta. En Cataluña, por ejemplo, según el último informe de Joan Estruch (Director del Centro de Investigaciones en Sociología de la Religión de la Universidad Autónoma de Barcelona), pueden encontrarse hasta trece tradiciones religiosas. En el resto del mundo la diversidad religiosa es uno de los temas prioritarios en las agendas políticas de la Comunidad Europea, Estados Unidos y Australia.

Pero, ¿está el mundo preparado para este proceso? La respuesta a este interrogante dependerá de cómo entendamos la diversidad religiosa y qué rol le asignemos en la construcción de la sociedad.

Si aún hoy algunas sociedades están divididas por diferencias étnicas y de nacionalidad, lograr una interacción armónica en cuestiones tan trascendentales como el origen del cosmos y el propósito de la existencia, constituyen un verdadero reto; sin embargo, así como las diferencias religiosas pueden llevar a naciones enteras a la guerra, también tienen la virtud de conducir a la humanidad hacia la paz, a través de múltiples creencias y prácticas como la idea de “acción no violenta” o ahimsa, la búsqueda del bien y la sacralización de la vida, entre otros valores.

En este contexto ¿es la homogenización religiosa la solución? ¿Es necesaria una única religión para acceder a la sabiduría colectiva? Esto es tan cierto como afirmar que necesitamos la misma cultura o el mismo color de piel para convivir en armonía. La homogenización religiosa responde a una lógica asimilacionista o de adaptación impuesta que devalúa la diversidad y el intercambio cultural, renunciando con ello a la posibilidad de contrastar, reflexionar y enriquecer los propios referentes a partir del diálogo con los de los otros.

Si descartamos la homogenización, ¿es entonces una estrategia multicultural la acertada? A este respecto se puede dar un sí parcial. El multiculturalismo promueve el respeto, la tolerancia y la aceptación de la diversidad; sin embargo, suele materializarse en prácticas de segregación que no garantizan un intercambio auténtico y constructivo. Ejemplo de ello es la polémica que se levantó en Santa Coloma de Gramenet en el año 2004 por la instalación de una mezquita en el barrio de Fondo. Después de múltiples quejas y manifestaciones de los vecinos, el tema se zanjó cediendo a la comunidad musulmana un espacio fuera del barrio para instalar su lugar de oración. De este modo, bajo el argumento del “respeto multicultural” se acabó provocando una segregación cultural y religiosa.

En vista de estas evidencias, desde hace algunos años los expertos en diversidad cultural han comenzado a hablar del modelo intercultural (que es en el que actualmente se inspiran las políticas de acogida en Cataluña). Este modelo consiste en promover las relaciones entre los diversos referentes culturales para despertar todas las potencialidades que ofrece la diversidad en todos sus niveles, incluyendo el religioso. Una de las claves de este modelo es encontrar denominadores comunes y metas colectivas con las que los diferentes colectivos se sientan identificados.

En el ámbito religioso la interculturalidad supone el diálogo entre las diferentes tradiciones sobre aquellas cuestiones que se dan por sentadas en sus respectivas doctrinas. De este modo este modelo no sólo se presenta como una herramienta de orden social, sino también como una posibilidad de revisión dogmática y de dinamización espiritual que permite identificar los valores fundamentales en los que se basan las religiones.

sí, la religiosidad puede ser una valiosa herramienta para la cohesión y el crecimiento de una sociedad donde la diversidad es valorada positivamente, y la interculturalidad es –sin duda– la herramienta más atractiva que tenemos hoy para alcanzar esta meta. Por supuesto lograrlo no es un proceso simple; sin embargo, parafraseando a Gandhi, “sólo es posible volar alto con el viento en contra”.

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