Hablar por hablar

6b parlar-240-j-polloPor Rodrigo Prieto
Doctor en Psicología social
Barcelona, junio2010
Foto:  J. Pollo

Cotilleo, copucha, cháchara, verborrea y charlatanería son diferentes formas de nombrar aquello que la Real Academia de la Lengua Española (RAE) define como “abundancia de palabras vanas y ociosas” (www.rae.es)… la palabrería. Aunque ésta no es una palabra común en nuestro lenguaje, sí es una realidad mucho más presente de lo que quisiéramos en nuestras relaciones sociales e incluso en algunos medios de comunicación. Sólo basta poner un poco de atención para comprobarlo.

En esta práctica se combinan dos acciones o actitudes diferentes: por una parte, una curiosidad e interés sobredimensionado por algunos hechos y especialmente por la vida de los demás; y por otra, la necesidad de comentarlos y juzgarlos sin ninguna consideración.

Otra característica propia de estas conversaciones es la desinformación, con lo cual suelen basarse en suposiciones muchas veces totalmente alejadas de la realidad, como también en estereotipos y generalizaciones simplistas. Como resultado, diálogos vacíos y frívolos que sólo sirven para llenar el silencio y “pasar el rato”. En algunos casos, sin embargo, estas charlas son tapadera de la incapacidad de algunas personas para compartir su propia vida honestamente con quienes le rodean, o de la sensación de vacío o sinsentido que a veces tienen de su propia existencia.

“Erre que erre”

En España se utiliza esta expresión para describir la insistencia de una persona en una idea o argumento en una conversación. Quienes la utilizan suelen repetir una y otra vez los mismos argumentos, incluso palabras, para defender ideas que en ocasiones no tienen suficientes fundamentos para sostenerse; sin embargo, sus defensores insisten. Esta práctica suele ir acompañada de la intransigencia o incapacidad o falta de voluntad para aceptar los argumentos de las otras personas que participan en el debate, de modo que quienes la utilizan se cierran en su propia perspectiva y se niegan al diálogo.

Junto a ella existen diferentes prácticas comunicativas que se suelen utilizar en las conversaciones sin sentido, como por ejemplo el absolutismo lingüístico, es decir, la tendencia a sostener de manera tajante y contundente algunos argumentos a través de palabras que no dan pie a la discusión, como por ejemplo todo, nada, siempre y nunca (https://www.ambitmariacorral.org/castella/?q=node/730).

Otra práctica habitual en las conversaciones superficiales es el maniqueísmo, que consiste en la creencia o tendencia a interpretar el mundo en dos polos opuestos moralmente marcados: el bien y el mal. Bajo esta lógica no existen matices o posiciones intermedias, todo es blanco o negro, loable o condenable, amigos o enemigos… lo cual no da pie a la complejidad de las situaciones y las relaciones humanas (http://es.wikipedia.org/wiki/Maniqueísmo).

En el romancero popular existe una frase que expresa muy bien otra de las prácticas que se suelen utilizar en las charlas vacías: buscarle la quinta pata al gato o rizar el rizo. Se trata, de buscar razones o motivos donde no las hay, a partir de rebuscadas argumentaciones o raciocinios que a veces rozan la ciencia ficción.

La exageración es otra de las prácticas comunicativas que se suelen utilizar en los diálogos frívolos. Quien utiliza este recurso pretende darle mayor intensidad, fuerza o color a sus afirmaciones para despertar mayor interés en sus interlocutores aumentando las cantidades, las medidas, los tiempos, etc. de aquello sobre lo que está hablando. Así, media hora de espera fácilmente se transforma en cuatro horas, o cinco personas se transforman en 20, o… suma y sigue. Si bien es difícil que estas afirmaciones sean entendidas de manera literal por quienes las escuchan, son imprecisas y añaden una carga emocional y a veces moral a hechos, situaciones o personas.

Otra fórmula de comunicación que se suele utilizar en este tipo de conversaciones es la descalificación, que consiste no sólo en discrepar con la opinión o las acciones de los demás, sino en desacreditar a sus autores. De alguna manera constituye un ataque al otro, que puede ser más o menos sutil o directo. Esta práctica pretende deslegitimar o anular a la persona que opina diferente, atacándole personalmente, con lo cual puede generar tensión y enfado.

Retórica de pacotilla

Las prácticas que describimos en los párrafos anteriores son sólo algunos de los recursos retóricos que se utilizan en las conversaciones sin sentido. Son hábitos comunicativos de los que muchas veces ni siquiera somos conscientes, pero que utilizamos con tanta habilidad como si los hubiésemos estudiado, pues hemos convivido con ellos desde pequeños. No es raro, por tanto, que no tengamos conciencia de las consecuencias negativas que pueden generar y que los utilicemos cada vez que nos encontramos en contextos de conversaciones frívolas.

Es posible, incluso, que al utilizar estos recursos lo hagamos sin mala intención, sino como una práctica cotidiana e inocua; sin embargo, la experiencia personal puede darnos numerosos ejemplos de cómo esa supuesta “inocencia” puede hacer mucho daño a algunas personas o relaciones.

Si deseamos relacionarnos positivamente con quienes nos rodean más vale tener bajo control estos hábitos de comunicación. No se trata de adoptar una actitud severa y profunda permanentemente (que también puede llegar a ser cansina y forzada), sino una cierta alerta y cuidado en lo que decimos, pues las palabras tienen consecuencias que a veces no imaginamos y que –en ocasiones– pueden traernos más de algún problema.

Un proverbio hindú expresa breve y claramente esta premisa: Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio.

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