Una sabia curiosidad

una-240-m-a-yustePor Gemma Manau Munsó
Colaboradora del Ámbito María Corral
Portugal, septiembre 2011
Foto: M. Á. Yuste

Dicen que la sordera es una discapacidad muy dura porque provoca en la persona un cierto sentimiento de aislamiento. De hecho, alguna vez que he salido a la calle con los auriculares puestos escuchando algo, la sensación que me ha provocado -salvando todas las diferencias-, es precisamente de aislamiento. En primer lugar, porque se presta más atención a lo que se escucha que a lo que nos rodea, pero, por otra parte, parece como si casi no nos llegara ningún sonido del exterior, no se escucha el ruido de los coches, ni cómo hablan las demás personas, ni tan siquiera escuchamos a aquel que cordialmente nos saluda con un buen día. A pesar de estar inmersos en el entorno cotidiano, es como si al mismo tiempo estuviéramos muy lejos de él.

Curiosamente, en portugués la expresión más común que corresponde a la castellana un diálogo de besugos, es un diálogo de sordos. A veces escuchando hablar a las personas, parece precisamente eso, un diálogo de sordos. O más que un diálogo, soliloquios en paralelo, en los que, a pesar de que se escuche al otro, parece que no nos llega nada. A menudo son diálogos cerrados en ellos mismos, como si la inercia de una fuerza centrípeta no les dejara salir, para escuchar lo que de nuevo puede aportar el otro. De alguna manera hay diálogos que son «sordos», aislados del exterior.

Últimamente he podido hacer la experiencia contraria, porque he tenido la suerte de participar en diversos cursos en los que he podido escuchar a personas que me han parecido muy sabias y de quienes, ciertamente, he aprendido muchas cosas. Pero lo que más me ha llamado la atención no ha sido tan solo el contenido de lo que nos han comunicado, sino la manera de relacionarse con el otro. He observado que tenían una característica común: una sabia curiosidad.

Además de responder las preguntas que se les planteaban en cada ocasión, ellos también planteaban otras cuestiones a los que les escuchábamos con interés. No eran preguntas retóricas para provocar en el oyente una reflexión y mantener así su interés; no. Eran preguntas llenas de una sabia curiosidad, de deseo de saber. Tenían una curiosidad que les hacía estar abiertos a lo que de nuevo y único les podía aportar el otro.

De alguna manera diría que mantenían viva una gran capacidad de sorpresa ante el otro, sabían que la experiencia de cada persona les podía aportar alguna novedad y que podían aprender algo significativo y útil para su desarrollo humano. No se trata de una vana curiosidad, de acumular datos inútiles, de cotillear, sino de una verdadera y sincera apertura hacia el otro, sin prejuicios, sin menospreciarle, sino valorándole en lo que realmente es.

No consigo saber si eran sabiamente curiosos porque estaban abiertos a lo que de nuevo podían descubrir en el otro y, por lo tanto, desarrollaban esta capacidad de escuchar, o al contrario, porque sabían escuchar se habían vuelto sabiamente curiosos.

Sea como sea, de lo que no tengo duda es que buena parte de su sabiduría se debe a la certeza de no saberlo todo, de mantener vivo el deseo de aprender, que es, al mismo tiempo, motor para ir descubriendo con más profundidad nuestro entorno.

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