Relacionarnos con nosotros mismos

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Por Margarita Soberón Mainero
Psicoterapeuta corporal
México, abril 2013
Foto: http://blogs.20minutos.es

Durante los últimos años, la cultura occidental –y hablo de ello porque es la que en realidad conozco– ha tenido una relación sumamente ambigua respecto al cuerpo físico.

Por un lado hay una sobrevaloración del aspecto físico, de la imagen externa y, específicamente, de una apariencia de juventud esbelta y longilínea. Esta sobrevaloración se traduce en el hecho de que muchas personas se obsesionan por adquirir un físico que corresponda a este estereotipo, aunque esté absolutamente alejado de lo que son realmente. Las revistas de moda, la televisión y el cine nos presentan un criterio de belleza reducido, relacionado con una moda (la moda tipo Barbie), muy alejada de la realidad física de la inmensa mayoría de las personas.

Como consecuencia de esta imposición de un modelo estético ajeno, se dan casos cada vez mas frecuentes de adicción a las cirugías estéticas, anorexia, vigorexia y otras patologías relacionadas con conservar o incluso adquirir una apariencia física que corresponda a este esteriotipo.

Por otra parte, junto con esta casi obsesión por el cuerpo físico y su apariencia, las personas están siendo cada vez más ajenas a su verdadera realidad física personal y, dolorosamente, ese estar desconectadas de su cuerpo implica un estar desconectadas de sí mismas. Desde mi perspectiva, una de las formas más directas de relacionarme conmigo misma es a través de mi propio cuerpo, porque el cuerpo es la manifestación física de lo que soy.

Dicho de otro modo, en este plano de realidad (la realidad física) yo no existo más que en mi cuerpo, sin él soy una entelequia y, por tanto, un primer paso en el proceso de entrar en contacto con quien soy es percibirme con este cuerpo físico concreto.

Mi realidad personal única no está hecha sólo de lo que pienso (mi realidad mental), de lo que siento (realidad emocional) y de lo que son mis circunstancias irrepetibles y personalísimas (contexto histórico y familiar); mi realidad personal también está conformada por mi cuerpo tal como es, con la manifestación de mis genes como generadores de mi cuerpo y de mi persona como tal.

Es por eso que en mi experiencia como terapeuta corporal, antes de empezar realmente a trabajar para que nuestros pacientes recuperen la salud, tanto física como emocional, hay que ayudarles a escucharse a sí mismos, reconociendo y escuchando su propia realidad corporal.

Es importante apoyarles en este proceso; no sólo que dejen de juzgarla negativamente porque no se adecua a los estereotipos de la moda, sino que aprendan a reconocer y escuchar lo que les dice su cuerpo.

En este proceso de recuperar el contacto conmigo misma y con mi cuerpo, se hace necesaria una reeducación de la atención: la inmensa mayoría de nosotros crecemos sin aprender a prestar atención a lo que nos hace bien o nos hace mal físicamente; si preguntamos a una persona que es lo que le hace bien en términos de alimentación, qué tipo de ejercicio o de actividad física, que horarios de trabajo, etc., no sabe muy bien que responder. Simplemente no estamos acostumbrados a escuchar de verdad nuestro cuerpo físico y las muchas señales mínimas que cuerpo va enviando continuamente nos pasan desapercibidas.

Enseñar a las personas a escuchar su cuerpo pasa porque perciban cosas que les pasan sistemáticamente pero de las cuales no tienen conciencia, como que al terminar de comer sienten somnolencia, o se les inflama el vientre, o tienen un ligero dolor de cabeza; es muy frecuente que no sólo no relacionen estos malestares con lo que han comido, sino que incluso no perciban el malestar mismo. Lamentablemente, también son inconscientes de los efectos benéficos que les producen ciertos alimentos.

Tanto por lo que les hace bien como por lo que les hace mal, son sordas a sus manifestaciones corporales. Y éste estar alejados del cuerpo en términos de los alimentos se repite en prácticamente todas las áreas de la vida: hay muchísimos deportistas que practican un deporte que les daña el cuerpo, por la forma de practicarlo o por el mismo deporte; hay una infinidad de personas que realizan actividades de forma que se perjudican –andan patituertos, sostienen el teléfono entre la cabeza y el cuello creando tortícolis, leen en mala postura echándose a perder la vista y la columna vertebral, etc.–, pero no son conscientes de estos daños.

Ante esta realidad «de ausencia de nosotros mismos» hay que hacer una invitación a aprender a relacionarnos con nuestro cuerpo, o más bien con nosotros mismos, de una manera más consciente.

Aprender a escucharme a mí misma, entonces, también incluye poner atención a todos estos otros signos de mi bienestar o malestar, a cuando y con quien estoy relajada, con los hombros relajados…, y que circunstancias me ponen tensa, me hacen apretar los dientes, echarme atrás, encoger los hombros, etc. Esto me irá dando indicios de cuando y con quienes estoy bien –me hace bien– y donde o con que personas todo mi cuerpo manifiesta de manera sutil pero inconfundible que no está bien. Los diferentes grados de «disgusto» me pueden informar entonces sobre que situaciones, compañías o actividades me dañan realmente, o como mínimo crean en mí un estado de alarma e incomodidad física.

Incluso en nuestras relaciones interpersonales, escuchar está relacionado no sólo con sentir las palabras, el contenido explícito de lo que nos dicen, sino también con estar atento a los tonos, las actitudes, los gestos de la persona que habla. La comunicación está integrada por todos los elementos del mensaje, no sólo por el «texto» y aprender a escuchar de una manera más llena e integral también nos permite tener una comunicación más profunda con los que nos rodean.

Cuántas veces nos decimos: «me dió la sensación que tal persona no estaba a gusto en la reunión» o tenemos una vaga sensación de incomodidad o de duda respecto al compromiso de alguien para realizar una tarea. De una manera no consciente estamos escuchando globalmente el mensaje no verbal, percibiendo reticencias, tensiones, miradas poco francas, etc. Todo esto forma parte de la comunicación.

Si desde pequeños estimulamos los niños a poner atención a estas señales mínimas, a escucharse a sí mismos, a identificar sus sensaciones corporales y más tarde a escuchar a los demás de una manera más integral, su relación con ellos mismos y después con las otras personas será mucho más llena.

Publicado en la Revista RE

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