Una comunicación saludable

empat_aPor Montse Urpí
Coach personal y de equipos
Barcelona, octubre 2013
Foto: http://cort.as/6RVg

Si observamos dos personas sentadas en la mesa de un bar, incluso sin escuchar lo que dicen, podemos percibir como es la comunicación entre ellas sólo fijándonos en su postura corporal (fisiología).

Todos necesitamos estar en sintonía con alguien. Eso quiere decir, entrar en el mundo de otra persona y establecer una comunicación plena, una conexión perfecta. Cuando la conversación es amena, no nos damos cuenta del tiempo que pasa ni de lo que sucede en nuestro entorno. Todo queda en un segundo plano, porque nuestra atención está dirigida en comunicarnos con esa persona. ¡Todo el resto se vuelve transparente.

Es como si pudiéramos decir a la otra persona: “Soy igual que tú, puedes confiar en mí”. ¿Parece demasiado simple? Es simple, pero no fácil, ya que cualquier persona es capaz de adquirir esta habilidad con un poco de práctica y sensibilidad. Los resultados de esta técnica son sorprendentes.

Eso está muy relacionado con nuestra postura y gestualidad, acercarnos al mundo interior de otra persona no significa lanzarnos encima de ella. Situarnos cara a cara interrumpe este movimiento espontáneo o lo acorta. Es bueno saber estar en silencio y respetar los ritmos emocionales del otro. Sentir mucho con la cabeza puede interpretarse como “dar la razón” y una relación de empatía no va por aquí.

Una de las posibles experiencias empáticas es situar la experiencia de la otra persona en nuestra experiencia. Quizás por eso a menudo usamos la fórmula: “Yo en tu situación, en tu lugar haría…” Eso no sirve para nada, más que para situarnos en posición de superioridad.

Escuchar con toda la mente

Cuando escuchamos conscientemente, nuestra respiración es tranquila y ayuda a preparar la mente, nos volvemos más sensibles a todos los referentes sensoriales que nos llegan. Algunas veces pasa que las personas que escuchan dicen: “Eso es incómodo, yo quiero responder y ayudar a mi compañero a resolver su problema”. Nos resulta muy difícil escuchar sin interrumpir porque estamos muy acostumbrados a hablar continuamente con nosotros mismos.

A menudo la persona que habla dice: “Yo no quería que me resolviera el problema, sólo que me escuchara”. Si intentamos dar respuestas, aunque sea con la mejor intención de ayudar, estamos negando la oportunidad de dejar que el otro despliegue sus capacidades o su propia introspección creativa.

La próxima vez que hable con alguien concéntrese en la respiración mientras la otra persona le explica, no intente añadirse a su historia o resolver sus problemas, simplemente escuche. Sea consciente de todos los sentimientos y pensamientos por los que pasa mientras escucha. Quizás se sorprenderá de todo lo que aprende de esta persona en tan poco tiempo.

Cuando escuchamos con la mente, es decir, con plena atención, apreciamos la cantidad de información que probablemente antes no apreciábamos. Esta información no llega por todos los sentidos, no únicamente por los ojos y las orejas. Por eso lo mejor que podemos hacer es escuchar con toda la atención y después preguntar que necesitan de nosotros o bien en que podemos ayudar, sin avanzarnos a dar respuestas o soluciones.

En el fondo, todos somos vendedores de nuestra vida, hay que saber transmitir correctamente nuestras ideas y nuestros deseos para que los demás crean en nosotros y así poder obtener resultados concretos en nuestra comunicación con el mundo que nos rodea. Nuestra vida será mejor en la medida que nos comunicamos de forma positiva y sepamos aprender de las respuestas (feedback) que el mundo nos da en cada momento. De esta manera llegaremos a ser más inteligentes en nuestras relaciones interpersonales. A través de nuestros sentidos el cerebro recibe informaciones que el mundo ofrece y después las procesamos utilizando los programas (las formas de pensar) que hay grabadas en nuestras mentes.

La comunicación que crea acción en común es aquella que mueve alguna cosa en el universo. El universo se mueve cuando se produce alguna cosa nueva y todos participan en este proceso de creación permanente. Mover es dar un motivo, es motivar, estimular, provocar interés, estudiamos porque alguna cosa suceda.

La mayoría de los actos humanos están motivados por la evitación del sufrimiento o la búsqueda del placer. Todo lo que el ser humano hace se basa en buscar el equilibrio entre estos dos motivos. De esta manera, vivimos en una escala analógica entre sufrimiento y placer. Según estudios, el 60% de los individuos se mueven en dirección de evitar el sufrimiento, mientras que el 40% restante se orienta en el sentido de la búsqueda del placer. Para obtener buenos resultados con estas técnicas lo más importante es poner atención a nuestro interlocutor, saber con quién trata y conocer cómo procesa las informaciones.

¿Cómo preguntar?

Para ello es fundamental hacer preguntas, pero hay que saber como hacerlas. Preguntar es toda una técnica que requiere un cierto aprendizaje. También hoy día se aplica desde el coaching.

En la Grecia antigua, Sócrates, uno de los sabios, preguntaba sin parar. Enseñaba a través de su forma de preguntar. Descubrió que lo más importante no es saber, sino preguntar. Algunas personas preguntan de manera incisiva y pueden molestar a su interlocutor.

Proponemos un tipo de pregunta reflexiva o que sea una alternativa como respuesta para facilitar que la misma persona pueda retomar ante la duda que verbaliza.

Cuando acompañamos a una persona empáticamente es normal que le hagamos preguntas para obtener información, pero puede ocurrir que acabemos haciendo todo un interrogatorio para situarnos en la escena de lo que sucedió y encontrar una explicación razonable, un “por qué” que nos haga entenderlo todo. ¡Esto es precisamente la trampa!

Si hacemos preguntas no es para entendernos nosotros, sino para que se entienda la persona que acompañamos. Por eso es prudente hacer preguntas para que vea claro lo que habla y no lo que escucha. No estamos resolviendo nada, ni nadie nos pide que interpretamos la situación, simplemente escuchamos y preguntamos para acompañar y, si es necesario, preguntamos porque el otro, al escucharse, pueda reflexionar y quizás verlo claro.

Los seres humanos tenemos dos orejas y sólo una boca. Esto nos indica que escuchar es más importante que hablar.

La pregunta facilita información

Quien pregunta obtiene las informaciones que necesita para tomar cualquier decisión. Si aprendemos a utilizar de una manera adecuada y para cada situación nuestro poder personal, el tono de voz, la fisiología y el contexto psicológico, el método socrático funcionará de una manera sorprendente. Cuando preguntamos a otra persona sentirá que la consideramos y procurará cumplir su papel en la comunicación, explicando lo que realmente piensa, lo que sabe sobre el asunto y aportando los datos que necesita.

Preguntando entre el cómo y el porqué, prefiera el cómo. Como ha insinuado, lo más difícil es evitar juzgar, dar consejos, pensar, interpretar, ya que no nos facilitará la comunicación.

Es importante darse cuenta de que cuando alguien nos abre el corazón o se siente atrapado por una emoción o un sentimiento, no sirven de nada los razonamientos, que, por otra parte, no dejarán nunca de ser nuestros.

Publicado en la Revista RE

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