Vidas que no valen nada

Por: Anna-Bel Carbonell Rios
Educadora
Barcelona, octubre 2018
Foto: Coast Guard Compass

Hoy son los hondureños, pero no olvidemos los sirianos, los sudafricanos, los rohingyas, los mena, y tantos otros de una larga lista, de diferentes países y continentes. Personas con vidas que para sus gobernantes, sus vecinos, sus familias, sus conciudadanos, no valen nada! Caminan jornadas y jornadas, nadan o se hunden en barcazas perdidos en alta mar, se enganchan bajo los camiones, se venden sin ser plenamente conscientes a mafias que les prometen seguridad.

Migrar, concepto técnico para designar el desplazamiento de un lugar de origen a otra destinación. Migran las aves, los peces, los mamíferos… y también los humanos.

La migración animal es generalmente recurrente, es decir, los animales buscan un hábito confortable de manera temporal, podríamos decir que son movimientos con retorno, estacionales y reiterativos, con un punto de origen y uno de destino, y parece que el proceso está escrito en la genética animal.

En el caso de los humanos nos encontramos ante algunas notables diferencias. La primera y principal es que se trata de un acto condicionado por la supervivencia personal y las condiciones de vida en el lugar donde estamos, que comportará un cambio de residencia habitual. En segundo lugar, el ser humano que migra no tiene una ruta definida, ni tan siquiera un destino claro, ya que a pesar de afrontarla como un camino hacia un lugar concreto, el hecho que esté sujeto a una serie de factores externos que no puede controlar (medio de transporte, transportadores, fronteras, agentes aduaneros, rutas mafiosas, permiso de residencia, permiso de trabajo…) la reviste de una gran pátina de incertidumbre que, por desgracia, muchas veces acaba en la muerte.

Actualmente hay más de 190 millones de personas que viven o malviven fuera de sus países de origen. Terminológicamente podemos hablar de inmigrantes, de emigrantes, de refugiados, de apátridas o de demandantes de asilo… En definitiva, migrantes. Todos ellos personas como nosotros que se han visto forzados a marchar de su casa, o se sienten expulsados de su país que no los considera ciudadanos, emprendiendo un viaje hacia lo desconocido, hacia países donde creen que serán acogidos, que serán bienvenidos y los respetarán, encontrarán trabajo, un techo, educación para sus hijos e hijas y acceso a la sanidad. La realidad, que desconocen, acostumbre a ser otra mucho más triste y vergonzosa. La desesperación los ha lanzado a una salida forzada, a la búsqueda de un nuevo hogar, de una nueva vida, en una nueva ciudad, en un nuevo país, que esperan que los acepte. Pero ignoran que no los estamos esperando, que no los acogemos, sino que nos los encontramos en nuestras fronteras, a la puerta de nuestra casa y, a menudo, demasiado a menudo les barramos el paso con falsas excusas y legalidades.

Nos falta una pregunta sincera: ¿Qué haríamos nosotros? ¿Quién no marcharía de una ciudad que vive bajo las bombas, huiría del hambre y la sequía extremas, o de un país donde no puede ganarse la vida y se malvive misérrimamente, del régimen político autoritario que te persigue, de la violencia, de los secuestros y violaciones, de los narcotraficantes, de las pandemias, de las amenazas de muerte, de los desastres naturales…? Respondamos sinceramente.

Vemos las imágenes de su sufrimiento, nos horrorizamos escuchando sus historias, levantamos la voz ante las barbaries cometidas por sus países de origen, pero no los acogemos. Perdemos el tiempo etiquetándolos, clasificándolos según estereotipos y prejuicios injustos que solo obedecen a nuestro miedo, y olvidamos lo más importante: Son personas como nosotros, con derecho a vivir dignamente y ser felices, ver crecer sus hijos e hijas y envejecer juntos. Les mueve el instinto natural de supervivencia ante el dolor, la impotencia, la rabia, la incomprensión, la muerte y la violencia. Sus vidas valen tanto como las de cualquier otra persona, a pesar de que el sentimiento que los invade es que sus vidas no valen nada porque el mundo los silencia, los escarnece reduciéndolos a una cifra más económica, los observa como un problema con un extraño algoritmo sin solución.

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