Edadismo: discriminación por edad

Por: Sofía Gallego
Psicóloga y pedagoga
Barcelona, julio 2020
Foto: Pixabay

Hacer mención de los últimos meses vividos casi es una referencia obligada. Ha sido una experiencia difícil y dolorosa para todos. Muy especialmente para quienes han sufrido la enfermedad con más o menos intensidad, sin dejar de lado las pérdidas insustituibles que se han producido.

Ha habido una serie de singularidades que suscitan una reflexión. Una de estas ha sido la necesidad de poner límites a las actividades. Esto ha afectado, como no podía ser de otra manera, las personas mayores. Hay que resaltar que limitar cualquier cosa siempre es difícil y afecta de manera especial a todos  los que se encuentran ligeramente por debajo o por encima de la determinación del límite.

La Administración Pública conducida, seguramente, por la intencionalidad de proteger y/o sobreproteger el colectivo de personas grandes, como sector vulnerable a la infestación, ubicaba dentro de la misma categoría perfiles competenciales diversos. Se podría decir que el único criterio empleado era el relacionado con la edad, así pues se caía en una discriminación. Este criterio operativo es el que se define como edadismo[1], y es nocivo en el sentido que se discrimina sin conocer la persona ni sus habilidades. Además de estar basada en los estereotipos, como por ejemplo pensar que alguien más mayor de setenta años no tiene la capacidad para cuidar de sí mismo o de tomar sus propias decisiones.

Nos encontramos mucha gente que ha superado esta edad y que no solo es capaz de cuidar sí misma, sino que además cuida de otros. A menudo también se considera que todos los ancianos son dependientes, cuando hay jóvenes que también dependen de los progenitores, por no citar otras dependencias.

La medicina ha conseguido alargar la vida con una calidad bastante aceptable. Esto ha planteado nuevos retos a la Psicología del Desarrollo que para evitar malentendidos ya ha empezado a fijar subetapes en la última fase de la vida basadas más en el perfil y en las necesidades reales. La conocida tercera edad se podría considerar la etapa formada por aquellas personas que han superado la etapa laboral activa, pero que conservan las capacidades físicas y psíquicas más allá del deterioro propio de la evolución. Se acuña el término cuarta edad para las personas con una disminución importante de las capacidades y/o sin capacidad de autonomía.

Vivimos en una sociedad donde la vejez no tiene buena prensa, contrariamente a lo que pasaba antiguamente en que era muy apreciada y respetada, especialmente como depositaria del saber colectivo y de experiencia acumulada. La falta de recursos para almacenar información ponía en valor las personas que habían vivido más años.

Queda lejos de la intencionalidad de este artículo ningún ánimo de crítica sobre unas medidas tomadas. Poner límites es muy difícil porque siempre, de manera involuntaria, se lesiona alguien. La motivación ha sido poner de manifiesto la situación de un sector de la población que demasiado a menudo se ve despreciado, pero que numéricamente tiene un importante peso social y, incluso, económico.

[1] Este término todavía no está incluido en el Diccionario del Institut d’Estudis Catalans ni en el de la Real Academia de la Lengua Española.

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