Sufrimientos colaterales

11c Malala-240Por Natàlia Plá Vidal
Doctora en filosofía
Salamanca, noviembre 2012
Foto: http://cort.as/7f3z

Seguramente el nombre de Ziauddin Yousufzai a muchos no les dirá nada. Sin embargo, si les hablo de Malala, la mayoría reconocerá inmediatamente a la niña pakistaní que fue tiroteada a principios de octubre. Una niña que tiene padres y hermanos. Ziauddin es su padre, un maestro que dirigía una escuela para niñas hasta que fue cerrada por los talibanes.

Cuando escuché la historia de Malala, por algún motivo me quedé con la referencia al apoyo que había recibido de sus padres para ir a la escuela, para escribir un blog cuando contaba 11 años, blog por el que recibió el Premio Nacional de Paz que sacó su identidad a la luz.

Mientras escuchaba que Malala estaba hospitalizada para ser intervenida y estabilizada tras la agresión, pensé en ese padre. Por supuesto que pensé también en su madre, pero lo atípico en estos contextos —o eso creemos, a veces fruto de la ignorancia— es que sea un varón el que apoya la educación de su hija. Un hombre que rompe con los estereotipos y con la presión ejercida por una parte de la población para hacer lo que cree correcto. En este caso, no sólo permite que su hija se eduque en igualdad de condiciones que lo haría con un hijo varón, sino que además profesionalmente se dedica a ello. Un hombre que entiende que la igualdad de género no es un problema de las mujeres, sino del ser humano.

Pero en ese momento, yo no vi al maestro, sino al padre que tiene a una hija en el quirófano como consecuencia indirecta de haber querido ofrecerle un presente y un futuro justos. No es culpa suya que Malala esté luchando por su vida, ¡por supuesto que no! Pero difícil que no le asalten dudas malévolas y oportunistas: “si no la hubiera dejado escribir el blog, si no la hubiera animado a seguir yendo a la escuela y hubiera esperado que las cosas se calmaran… tal vez no estaríamos aquí, no estaríamos así…” Tentaciones comprensibles que surgen de un dolor del que difícilmente podemos hacernos cargo.

Todo ello me lleva a que alrededor de alguien que ha sufrido un mal en su propia carne, se producen muchos sufrimientos que, en ocasiones, dejan huellas prácticamente indelebles. Lo saben bien quienes acompañan a las familias de las víctimas. El mal se ceba no sólo en sus objetivos directos, sino en los indirectos. Cuando alguien es asesinado, toda una familia, todo un núcleo de amigos es afectado. Cuando alguien queda malherido, todo el entorno lo sufre con él. Son los daños colaterales del mal… Y no sólo es la pérdida concreta de esa persona, sino que algo queda herido o incluso muere en el interior, en el ser de quien le amaba.

Los hijos de quienes han sido agredidos o asesinados en su presencia, llevan en su ser los efectos de ese mal. Y en muchos casos les afecta en sus estructuras emocionales más profundas. Necesitan de la comprensión de la sociedad en la que viven para ser dotados del acompañamiento y recursos que les permita manejar las reacciones que ello les provoca.

Los padres que soportan el dolor de ver a sus hijos atacados por las convicciones compartidas, necesitan ser reforzados en que ellos ni propiciaron, ni favorecieron el mal. Necesitan saber que no están solos y que son muchos los que comparten con ellos la determinación por el bien de sus hijos.

La lucha contra el mal es una lucha de resistencia, de osadía y tenacidad, como lo es la historia de Malala. Recuerdo las palabras que en la película sobre Gandhi, el Mahatma dirigía a Mirabehn, la joven británica a quien tomó como hija: “Cuando desespero, recuerdo que, a través de la historia, la verdad y el amor siempre han triunfado. Ha habido tiranos y criminales y durante un tiempo pueden parecer invencibles. Pero al final, siempre caen. Piensa en ello: siempre.”

Cuando desesperamos —y es inevitable no hacerlo en ocasiones— ante los zarpazos del mal en cualquier rincón del mundo, necesitamos recordar y recordarnos, que la fuerza del bien siempre es mayor porque es donde el hombre halla su dignidad. Trabarnos en esa convicción compartida, nos hace fuertes en la acción y ofrece una luz en medio de las tinieblas.

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