Carne Viva se ha vuelto mi casa

Gabriela MistralPor Claudia Tzanis Eissler
Periodista y Directora Hogar Universitario Fray Luis Orellana, para estudiantes Universitarios de regiones en Chile.

Santiago de Chile, octubre 2013
Foto: http://cort.as/6S2l

Confieso que he vivido en muchas casas, todas ellas situadas en sitios distintos y diversos. Y que aun no tengo una residencia material en la tierra a la cual llamar mi casa. No sólo por la economía y mis prioridades, sino también por opción.

Mi primera casa me la dio mi madre, y ella a su vez se estrenó de casa conmigo. Y ¡claro!, como estaba de estreno, pues me esperaba con ansias y según me contó, yo me hice de rogar, que no quería nacer, porque estaba de lo más bien. No me cabe la menor duda, ya que hasta hoy mi madre ha sido mi casa más segura y confortable.

Mis casas de la infancia fueron 6. En ellas dibujé paredes, aprendí a contar, a jugar, a recibir hermanos, primos, amigos y a sobarme las rodillas de tanto correr y caerme.

Luego en la adolescencia, las casas fueron 4. Allí partimos todos a nuevas aventuras. Por meses esas casas nos guardaron secretos, primeros amores y fiestas en patios grandes y soleados, todos resguardados por un gran abuelo, una abuela musical, una bisabuela y su máquina de tejer, mi madre, tíos estudiantes del sur y 3 perros juguetones y “acusetes” (chivatos) de visitas hasta tarde.

Hoy a mis y tantas casas, y seguro con las que me faltan por vivir, comparto con ustedes este poema de Gabriela Mistral, poetiza chilena y ganadora del Premio Nobel. Ella nació en el Norte de Chile, viajó como maestra rural, abriendo Chile hasta la Patagonia y luego por el mundo. Casas y aventuras que trajo a sus pequeños estudiantes. Con su destreza hizo viajar a miles de niños y niñas con el arte de la imaginación. Todos arriban de ella como una gran casa ambulante, viajaban por paisajes, emociones hacia dentro de sí y hacia el cielo.

Gabriela fue casa para tantos y ahora sin querer queriendo hizo que recordara las casa de mi primeros años. Ella vivió en tantas casas repartidas por el mundo y escribió este poema que espero sea una invitación para que cada uno/a escriba sobre su propia casa.

Mi casa

Tengo mi casa y ella me tiene,
tengo un aire quieto que se toca.
Un sosiego dulce tengo
que saboreo con todo mi cuerpo.
La piña, el mango, la manzana
son menos sabor que mi casa,
De los techos me baja un éxtasis,
de los muros, grandes caricias.
Veinte años hace que ella me tiene,
que la tengo y que nos tenemos.
Ya no hay en ella piedra, adobes,
leños no tiene, no tiene losas,
carne viva se ha vuelto mi casa.
Sestea mi siesta, siente mi peso,
está surcada de todos mis pasos.
De mi carrera se alborota,
enferma en mi dolencia.
A ropas anchas se parece,
que no me oprime aunque me tenga.
Yo no tengo nada afuera
en el mundo de los otros:
un árbol, un agua, un camino.

Sólo tengo esta medida
que me contiene y de mí rebosa
y que de mí no entrega nada,
ni una brizna, ni un suspiro.
Casa empapada de mi gente,
trasminada de nosotros,
corazón lleno de venas,
árbol nuestro de savia viva,
casa ardiente y casa fresca,
eternidad pasajera.
La oigo como a criatura,
a la siesta y en la noche:
la caminan entrecruzados
nuestros pasos y nuestra suerte.
La anda el pasado y la violència
del futuro la camina.
En un rincón todavía
arden ascuas de una dicha.
Se parece al santo buey
en la alzada dura y blanca.
A la vicuña bien se asemeja
en el calor de sus costados.

La lluvia, la nieve, el viento,
se cansan sobre esta madre:
cuando se cierra parece el arca
cuando se abre parece el cielo.
¿Cómo agradezco, cómo digo,
cómo dejo aquí contado
este amor maravilloso?
¿Cómo la miro separándola.
cómo la cuento sin que la aparte?
Una casa tuve siempre.
igual que un cuerpo y un alma.
Una casa me ha sustentado,
su forma está en mis espaldas,
y en mis oídos sus rumores.
No podemos estar de muertos
sepultados en esta casa,
pero tal vez resucitados
Dios nos dé arriba estos moldes,
nos transporte como cigüeña
en estas alas luminosas,
nos tome y nos glorifique
en esta misma copa de plata,
y nos posea sin separarnos
ni abrirnos las puertas en esta casa.

Gabriela Mistral

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