Dialogar con la realidad

humildad-copyPor Natàlia Plá Vidal
Doctora en filosofía
Barcelona, febrero 2015
Foto: Creative Commons

En esa escuela al alcance de todos que es la vida, uno tiene que aprender a habérselas consigo mismo, con los otros y con el contexto que le haya correspondido vivir: el que eligió o el que le tocó en suerte, porque de ambos hay a lo largo del recorrido.

A veces uno tiene la sensación de que suspende una y otra vez en las pruebas que se le plantean. Por suerte, en otras salimos vencedores de aquello a lo que nos hemos enfrentado y que hemos sabido encarar y gestionar. Aspiramos a dar con las claves para que así pueda suceder con cierta fiabilidad. Y son numerosas las voces procedentes de distintas disciplinas, tendencias y lugares que coinciden en una: la aceptación de la realidad.

Cuando uno dice «aceptación», rápidamente ha de aclarar que no está hablando de «resignación». En su comprensión común, esta tiene una connotación de fatalidad e inmovilidad que, en cambio, la aceptación no tendría. Esta implicaría una asunción de lo que hay, como base para poder reconocer y dinamizar las posibilidades latentes en ello.

Por eso, una de las mejores cosas para manejarse con la vida es aprender a dialogar con la realidad. Sí; en lugar de empeñarse en negar las afirmaciones de la vida o llevarles sistemáticamente la contraria, la actitud de quien dialoga con ella es admitirlas a trámite, es decir, escucharlas, atenderlas y contrastarlas con las propias percepciones y perspectivas. Desde formulaciones de la filosofía del lenguaje, hablaríamos de admitir su pretensión de validez, someterla a crítica atendiendo a sus argumentos, interpelarla con los nuestros, y reformular nuestra posición en función de las conclusiones a las que lleguemos.

Sí, para que haya diálogo y no solo una sucesión de monólogos, es preciso que reconozcamos que nuestro interlocutor es válido, que tiene algo que decir y merece ser escuchado. Para que haya diálogo es precisa una posición personal humilde que admite que no sabe todo de todo, que hay perspectivas que se le escapan y que, por supuesto, hay experiencias vitales desconocidas. Así como reconocer que a veces somos presos de nuestras propias exigencias, aspiraciones o deseos que hemos forjado a lo largo de los años, sea por propia iniciativa o por influencia del entorno.

Justificamos como tenacidad lo que a veces es testarudez; como empeño lo que raya la obstinación; como esperanza lo que es ilusión; como perseverancia lo que es miedo al cambio. A veces vamos escasos de ese sanísimo ejercicio de poner los pies en el suelo, dar nombre a lo que sucede por difícil o doloroso que nos resulte, y admitir que la realidad nos está pidiendo a gritos necesidad de cambio.

Por supuesto que a veces lo suyo es mantener la tenacidad, el empeño, la esperanza y la perseverancia. Pero el diálogo con la realidad, el admitir lo que la vida nos va mostrando, el detenerse a leer los acontecimientos y lo que nos dicen sobre nosotros, nos ayudará a discernir correctamente si estamos en una u otra postura, si hemos de mantenernos o hemos de redefinirnos.

Cuando esta premisa no se cumple, cuando no admitimos que la realidad es un interlocutor válido, el entendimiento, la sintonía, la armonía que se produce entre voces dispares y hasta disonantes, es tarea imposible. Andaremos a la greña, peleados con nosotros mismos, con los otros y con el entorno. El despliegue de nuestro ser quedará muy mermado porque desperdiciará una preciosa fuente de alimento.

Describe Daniel Innerarity en ese sugerente texto que es la Ética de la hospitalidad, que hay «momentos que se caracterizan por ofrecer una constelación afortunada entre las circunstancias objetivas y las disposiciones subjetivas». Esa es una forma clara de diálogo con la realidad. Se trata de trabajar lo que se es y posicionarse adecuadamente para aprovechar los vientos propicios tanto como para protegerse de los agresivos. Se trata de saber modificar la ruta para, a veces, garantizar llegar al destino. Se trata de no ser nunca esclavo de sueños propios ni ajenos que hace tiempo adquirieron tintes de pesadilla…

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